Me queda sólo mañana en Viña del Mar, tengo que partir a Chuquicamata a continuar trabajando.
Me dio nostalgia porque hoy mis hijos me recordaron y se lamentaban de no fotografiar el campamento de Chuqui antes de ser cerrado. Después de tantos años viviendo ahí, de estudiar y hacer nuestras vidas en esas alturas y ahora recién nos damos cuenta que nunca se nos ocurrió.
Es muy diferente vivir ahí y trabajar, incluso la vida en Calama es (o era diferente, ahora para todos es igual). Existía una comunidad muy afiatada, todos se conocían, compartían, una verdadera comunidad, no como esas que ahora se arman en los condominios, impersonales y de poco cariño.
Me gustaría pensar que algunas tradiciones van a perdurar, como la celebración de las navidades, las fiestas religiosas en la iglesia, los eventos deportivos en el Club Chuqui, los almuerzos en el Chilex. Lo veo complicado, Calama es una ciudad apática, las personas son frías, poco de saludar, por suerte mi familia es diferente, a pesar que vivimos mucho tiempo en esa ciudad.
Ojalá que los chuquicamatinos no pierdan ese espíritu de comunidad que los identifica, a pesar de estar regados por una nueva ciudad.